1. Partir del uso concreto antes que del formato
Antes de elegir una hoja, una dimensión o un número de etiquetas por página, conviene primero definir el gesto de trabajo que la etiqueta debe simplificar. ¿Sirve para enviar correo, identificar una carpeta, marcar una caja de archivo, archivar documentos, distinguir servicios o estructurar una base de referencias? Estas situaciones no implican las mismas prioridades. Una etiqueta de oficina lograda no es la que "cabe en la página", sino la que se inserta naturalmente en su método de archivado, triaje, envío o gestión documental sin crear fricción suplementaria.





















